La muerte para el cristiano, según el apóstol Pablo y toda nuestra traición indican, no es simplemente un final. Una vida con sentido es el preámbulo de una muerte con sentido. Pues, así como una vida insignificante preludia una muerte absurda, así también una vida llena de contenido y experiencia es la introducción a una muerte cargada de significado. Hay una cita de santa Teresa muy elocuente a este propósito: ?Velar se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte?.
Pablo llama a su muerte «sacrificio.» El sacrificio es el acto propio del sacerdote. Morir es un acto sacerdotal por el cual el cristiano se une de modo único a Cristo, de tal manera que, así como Cristo fue sacerdote y víctima, así el cristiano al morir es víctima de las consecuencias del pecado que ha alcanzado a la estirpe de Adán, pero al mismo tiempo es sacerdote de la gracia que le ha alcanzado en virtud del nuevo Adán, que es Jesucristo.
En una entrevista decía Sor Nirmala, sucesora de la Madre Teresa de Calcuta: «Si somos cristianos tenemos que estar preparados para ser perseguidos; es un asunto de fidelidad a lo que somos. Él dio su vida por nosotros y si no estamos dispuestos a entregar nuestra vida, ¿qué hacemos aquí?»
Por cierto, el testimonio de Sor Nirmala nos hace ver que aquello que hizo la viuda del evangelio es la actitud diaria de millones de personas que se están gastando por los demás y que a menudo entregan de lo que necesitan y de lo único que tienen.
Y uno puede preguntarse también qué es eso único que cada uno tiene. Y hay varias respuestas posibles. Puede decirse, por ejemplo: tiempo. Toda la vida es tiempo, y dar del propio tiempo es entregar retazos de vida. Otra respuesta es: amor, si con esta palabra indicamos precisamente darnos a nosotros mismos.
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